Migración infantil y salud: los desafíos invisibles de una crisis humanitaria
Niñas, niños y adolescentes migrantes no acompañados enfrentan riesgos físicos, emocionales y sociales que impactan profundamente su salud y bienestar.
La salud pública enfrenta el reto de construir respuestas más humanas, integrales y sensibles ante la movilidad forzada en la región.
¿Qué significa migrar siendo niña, niño o adolescente? ¿Qué implica atravesar fronteras, violencia, incertidumbre y separación familiar en una etapa de la vida en la que el cuidado y la protección deberían ser prioritarios?
Estas fueron algunas de las preguntas que atravesaron la reciente videoconferencia impartida por el Dr. Tonatiuh Tomás González Vázquez, investigador del Centro de Investigación en Sistemas de Salud del Instituto Nacional de Salud Pública (INSP), en el marco del ciclo de videoconferencias de la Escuela de Salud Pública de México (ESPM).
La sesión puso sobre la mesa una realidad compleja y profundamente humana: la experiencia migratoria de niñas, niños y adolescentes no acompañados, y las múltiples afectaciones que este proceso puede generar en su salud física, mental y emocional.
Migrar siendo menor de edad
A lo largo de la exposición, el Dr. González explicó que la migración infantil y adolescente no puede entenderse únicamente como un desplazamiento geográfico. En muchos casos, estos trayectos están marcados por violencia, pobreza, amenazas, desintegración familiar y ausencia de condiciones mínimas de seguridad en los lugares de origen.
Frente a este contexto, miles de niñas, niños y adolescentes emprenden rutas migratorias en condiciones de alta vulnerabilidad, muchas veces sin acompañamiento adulto y enfrentando riesgos constantes durante el tránsito.
La exposición destacó que estas experiencias pueden tener consecuencias importantes en la salud: lesiones físicas, enfermedades infecciosas, desnutrición, afectaciones emocionales, estrés crónico, ansiedad, miedo y secuelas derivadas de distintos tipos de violencia.
Barreras para acceder a la salud
Uno de los puntos centrales de la videoconferencia fue el análisis de las barreras que enfrentan las personas migrantes para acceder a servicios de salud.
La falta de documentación, el miedo a procesos migratorios, la movilidad constante, la fragmentación institucional y las dificultades para garantizar continuidad en la atención son algunos de los obstáculos que limitan el acceso oportuno a servicios médicos y de salud mental.
En el caso de niñas, niños y adolescentes, estas barreras adquieren una dimensión aún más crítica, pues muchas veces dependen de redes de apoyo temporales o de instituciones con capacidades limitadas para responder sus necesidades.
El Dr. González subrayó que, desde la salud pública, esto obliga a pensar en modelos de atención más flexibles, coordinados y sensibles a las realidades de las poblaciones en movilidad.
La salud mental: una dimensión urgente
Otro aspecto especialmente relevante de la exposición fue el impacto emocional que atraviesa la experiencia migratoria.
El miedo, la incertidumbre, la separación familiar y las experiencias de violencia dejan huellas profundas en la salud mental de niñas, niños y adolescentes migrantes.
Sin embargo, la atención psicológica y psicosocial continúa siendo uno de los componentes más limitados dentro de las respuestas institucionales.
La videoconferencia insistió en la necesidad de reconocer la salud mental como una prioridad dentro de las estrategias de atención a poblaciones migrantes, particularmente en contextos donde las experiencias traumáticas pueden acumularse a lo largo de todo el trayecto migratorio.
Un desafío para la salud pública y los derechos humanos
Más allá de las cifras y las políticas fronterizas, la sesión invitó a colocar en el centro las experiencias humanas detrás de la movilidad.
La migración, se destacó, no es solamente un fenómeno demográfico o político: es también un desafío sanitario y social que exige respuestas articuladas entre instituciones, sistemas de salud y políticas públicas.
Garantizar el derecho a la salud de las personas migrantes —especialmente de niñas, niños y adolescentes— implica avanzar hacia modelos de atención más incluyentes, accesibles y culturalmente sensibles.
Nota elaborada por: Redacción ESPM