Niñas, niños y pantallas: lo que la evidencia realmente nos dice sobre su impacto en la salud
Cada vez es más común ver a bebés y niñas y niños pequeños utilizando un teléfono celular o una tableta mientras comen, esperan una consulta médica o viajan en automóvil. Para muchas familias estos dispositivos se han convertido en una herramienta cotidiana para entretener, calmar o mantener ocupados a las y los más pequeños. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando ese hábito comienza a sustituir experiencias fundamentales para el desarrollo infantil?
Esa fue una de las preguntas centrales que abordó el Dr. Jorge Israel Hernández Blanquel, director general del Hospital del Niño Morelense, durante la videoconferencia “Nuestros niños, sus pantallas, la evidencia”, organizada por la Escuela de Salud Pública de México (ESPM).
Como parte de su exposición, el Dr. Hernández señaló que “más que preguntarnos si las pantallas son buenas o malas, debemos comprender cómo, cuándo y en qué condiciones se utilizan, especialmente durante los primeros años de vida”.
En un tema que suele generar opiniones encontradas, el especialista invitó a mirar más allá de las experiencias personales y de los consejos que circulan en redes sociales —muchas de las veces, sin un respaldo científico—. Así como la salud pública requiere tomar decisiones sustentadas en evidencia científica, explicó.
Lejos de plantear una postura de rechazo hacia la tecnología, el Dr. Hernández Blanquel mostró que el verdadero desafío consiste en comprender el papel que desempeñan los dispositivos digitales en el desarrollo de niñas, niños y adolescentes, considerando factores como la edad, el tiempo de exposición, el tipo de contenido y, sobre todo, el acompañamiento de las personas adultas.
La primera infancia: una etapa especialmente vulnerable
Uno de los mensajes más relevantes de la conferencia fue que los primeros años de vida representan una etapa crítica para el desarrollo del cerebro.
Durante este periodo se construyen habilidades esenciales relacionadas con el lenguaje, la atención, el aprendizaje, la regulación emocional y la interacción social. Por ello, cuando la exposición a pantallas comienza desde edades muy tempranas y desplaza actividades como el juego libre, la exploración del entorno, la actividad física, la lectura compartida o la convivencia con otras personas, el desarrollo infantil puede verse afectado.
El especialista insistió en que la preocupación no radica únicamente en el tiempo frente a una pantalla, sino en todo aquello que niñas y niños dejan de hacer mientras permanecen frente a ella.
Las tecnoenfermedades: un desafío emergente para la salud pública
Durante la conferencia también se abordó el concepto de tecnoenfermedades, utilizado para describir un conjunto de alteraciones físicas, cognitivas, emocionales y sociales asociadas al uso excesivo o inadecuado de dispositivos electrónicos y redes sociales.
Entre las afectaciones documentadas por la evidencia científica se encuentran:
- trastornos del sueño;
- fatiga visual;
- problemas musculoesqueléticos;
- sedentarismo;
- sobrepeso;
- dificultades para mantener la atención;
- alteraciones del aprendizaje y un mayor riesgo de desarrollar problemas de salud mental.
Sin embargo, tal vez uno de los aportes más importantes de la presente videoconferencia fue mostrar que estas consecuencias rara vez aparecen de manera aislada.
Cabe señalar que el uso problemático de redes sociales y dispositivos digitales puede iniciar una cadena de efectos que se retroalimentan entre sí. Por ejemplo, la comparación constante con otras personas favorece una disminución de la autoestima y una percepción negativa de la propia imagen corporal; estas alteraciones pueden conducir al aislamiento social y aumentar el riesgo de ansiedad, irritabilidad y depresión. A ello se suman otros problemas cada vez más frecuentes, como el ciberacoso, la exposición a contenidos potencialmente nocivos y la disminución de la actividad física.
En paralelo, dormir menos horas o tener un descanso de menor calidad repercute en la concentración, el aprendizaje y el rendimiento escolar. Cuando estas situaciones se mantienen en el tiempo, sus efectos alcanzan tanto la salud física como el bienestar emocional.
Desde la perspectiva de la salud pública, comprender esta cadena de consecuencias resulta fundamental para diseñar estrategias de prevención que comiencen mucho antes de que aparezcan los problemas.
La pantalla no solo ocupa tiempo; también desplaza experiencias esenciales
Uno de los mensajes más poderosos de la sesión fue que el riesgo no reside únicamente en el dispositivo, sino en aquello que deja de ocurrir cuando las pantallas ocupan gran parte del tiempo cotidiano.
Mientras un niño permanece durante horas frente a un celular o una tableta, disminuyen las oportunidades para correr, jugar, explorar, convivir con otras personas, desarrollar la imaginación, resolver conflictos, aprender a regular emociones o simplemente descansar adecuadamente. Son precisamente estas experiencias las que favorecen el desarrollo físico, cognitivo, emocional y social durante la infancia.
Educar para convivir con la tecnología
Más que promover una postura de rechazo hacia los dispositivos electrónicos, el Dr. Hernández Blanquel hizo un llamado a enseñar a niñas, niños y adolescentes a relacionarse con la tecnología de forma responsable y acorde con cada etapa de su desarrollo.
Con base en las recomendaciones de la American Academy of Pediatrics (AAP), explicó que las familias pueden construir hábitos digitales saludables mediante acuerdos claros sobre el uso de pantallas y la participación activa de madres, padres y personas cuidadoras.
Entre las principales recomendaciones destacó:
- evitar el uso de pantallas en menores de 2 años;
- entre los 2 y 5 años, limitar el tiempo de pantalla a una hora diaria como máximo, procurando que los periodos continuos no superen los 30 minutos;
- de los 5 a los 12 años, no exceder una hora y media diaria de uso recreativo, evitando sesiones continuas mayores de 60 minutos y privilegiando siempre el acompañamiento de una persona adulta;
- a partir de los 12 años, mantener un máximo de dos horas diarias de tiempo recreativo frente a pantallas.
El especialista precisó que estos tiempos corresponden al uso recreativo, por lo que es importante distinguirlo del tiempo dedicado a actividades escolares o educativas.
Asimismo, recomendó posponer el acceso a un teléfono celular personal hasta después de los 13 años y el ingreso a redes sociales hasta después de los 15 años, favoreciendo siempre el acompañamiento familiar y la supervisión de los contenidos que consumen niñas, niños y adolescentes.
Como parte de estos hábitos, también sugirió evitar televisores y dispositivos con acceso a internet dentro de las habitaciones; establecer espacios libres de pantallas —como las comidas, los momentos de lectura y la hora previa al sueño—, así como procurar que los contenidos se compartan en familia para fortalecer el diálogo, el pensamiento crítico y los valores.
En relación con las redes sociales, el Dr. Jorge Hernández expresó especial preocupación por plataformas como TikTok, cuyo diseño favorece un consumo continuo de contenidos mediante sistemas altamente personalizados de recomendación. Por ello, recomendó limitar el número de redes sociales que utilizan las y los adolescentes y acompañar activamente su experiencia digital.
Cabe destacar una de las recomendaciones más importantes: recordar que ninguna aplicación puede sustituir el papel de madres, padres y personas cuidadoras. La AAP señala que cada familia debería construir un plan de uso de dispositivos, establecer reglas compartidas para todos sus integrantes y, sobre todo, comprender que el mejor ejemplo de hábitos digitales saludables comienza en casa.
Una tarea compartida
La tecnología seguirá formando parte de la vida cotidiana de las nuevas generaciones. El desafío, por tanto, ya no consiste en decidir si niñas y niños tendrán contacto con las pantallas, sino en enseñarles a convivir con ellas de forma crítica, equilibrada y saludable.
La evidencia presentada durante esta sesión del ciclo de videoconferencia de la ESPM recuerda que proteger el desarrollo infantil implica más que limitar el tiempo frente a un dispositivo. Significa preservar el espacio para jugar, dormir, leer, convivir, explorar el entorno y construir vínculos significativos. Desde la perspectiva de la salud pública, esa tarea no corresponde únicamente a las familias: también involucra a las escuelas, a los profesionales de la salud y a quienes diseñan políticas públicas orientadas al bienestar de la infancia y la adolescencia.
Por: Redacción ESPM
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit. Ut elit tellus, luctus nec ullamcorper mattis, pulvinar dapibus leo.